Fragmentos de Nueva York
La experiencia en las grandes ciudades es siempre fragmentaria, los parques se viven
como determinado rincón bajo un árbol y las avenidas se condensan en un puesto de
comida particular. Para el espíritu humano, la metrópoli sólo es posible ahí, en el
fragmento que retiene la mirada diagonal: conozco la ciudad cuando poseo una parte
de ella, aunque sólo sea el rectángulo que enmarca mi ventana. Esta mirada metonímica
también incluye las vistas panorámicas porque el perfil de la ciudad no es su síntesis,
sino su reducción. Levantamos puentes y miradores con barandillas para apresar de un
vistazo aquello que sabemos irreductible: la convivencia de comunidades que se
desconocen y, sin embargo, se edifican entre sí.
De lejos, la ciudad es muda. Su voz —compuesta por los altibajos de las sirenas, el taladro de la obra, la impaciencia del anuncio— habla todas las lenguas del imperio, pero no alcanza nunca la expresión porque la distancia la reduce a un murmullo. Curiosamente, lo mismo sucede en el fragmento. Si prestamos atención, la voz de la ciudad tampoco se escucha en el recorte de la azotea, en la sala de la biblioteca o en la cúspide del rascacielos. No se escucha, pero se intuye. Y es en esa latencia donde la ciudad imaginada —el ciego orgullo de los neoyorquinos— pierde su aura monumental, deja de ser un concepto y pasa a ser el soporte material del ciudadano, se vuelve humana.
El escritor polaco Witold Gombrowicz dijo una vez que un tronco pintado es un tronco que ha pasado a través de un hombre. En estos Fragmentos de Nueva York, la metrópoli sigue siendo igual de bella e icónica que en las postales, pero ahora es también asimilable. Para conseguirlo, Alberto Pina ha renunciado a las personas. Las ha sacado del cuadro para que nuestros oídos puedan percibir lo que se adivina dentro, debajo y detrás del skyline. La amabilidad de estas imágenes me recuerda que la ciudad vertical no sólo fue levantada por mujeres y hombres, sino para mujeres y hombres — algo fácil de olvidar en Nueva York, ombligo neoliberal al que miles de personas llegan con la inocente ilusión de ser libres para elegir qué producir y qué consumir. “Las aceras de Nueva York están llenas de gente que quiere escapar de la pena de cárcel que es la historia personal y busca la promesa de un destino sin definir”, dice Vivian Gornick, escritora que ha convertido a Nueva York en el personaje más constante de su obra. “A veces, cuando me siento sociable, me imagino la vida en Nueva York toda de una pieza… y la crudeza de la ciudad se me antoja atractiva. Pero hay otros momentos, cuando todos mis amigos tienen cosas que hacer, que me quedo mirando por la ventana y pienso: anda que eres tonta, idealizar la vida en la ciudad de esa manera”. Son los amigos lo que hacen que la gran ciudad sea habitable. Instauran el espacio hueco en el que somos capaces de asumir —cordial y críticamente— nuestros propios fragmentos. Frente a los amigos —y con ellos— asimilamos la narrativa de lo que somos, porque son testigos de nuestra multiplicidad.
Alberto Pina es mi amigo. En agosto de 2019 pasó diez días en la que entonces era nuestra casa en Harlem y cada noche, cuando regresaba harto de la humedad y el ruido, se sentaba junto a la lámpara del salón a repasar las fotos y los bocetos que había dibujado en su libretita negra. Recuerdo que me sorprendió su fascinación por los cuadros de Jacob Lawrence, tan expresivos y con paletas fuertes, tan diferentes a sus cuadros. Yo llevaba apenas un mes en Nueva York. Cada vez que Alberto me contaba de algún artista o pieza que le había llamado la atención en un museo, yo intentaba retener el dato no sólo porque para mí todo era nuevo, sino porque quería ser capaz de ver lo que él miraba. En esos momentos, Alberto era un pintor español que sabía asistir al mundo, y yo una escritora argentina que sabía vivirlo. Claro que también éramos otros. Éramos una madre y un padrino. Una traductora y un profesor. Dos tirados dispuestos a caminar doce cuadras para comer algo decente por menos de cincuenta dólares. Antisistemas adictos al Goodwill, por momentos huraños, siempre dispuestos a debatir armados con la fregona o el tenedor. Una de aquellas noches vi por primera vez a Alberto tomar tres copas de whisky solo. Una de aquellas noches Alberto me vio llorar por la guardería del niño.
De esos momentos se compone la amistad en la gran ciudad, escenas en las que la luz blanca no siempre es cálida y las diferencias no siempre se escuchan, pero se intuyen. El pacto de amistad se funda en un sobreentendido que delimita las fronteras de sinceridad y discreción que cada parte es capaz de asumir. Derrida lo ha dicho muy bien: la amistad no guarda silencio, pero está protegida por uno. Esta versión de Nueva York, estos fragmentos de espacio que han pasado a través de un hombre, nos recuerdan algo fundamental de la experiencia en cualquier ciudad: que no necesitamos ver a las personas para poder oírlas.
Carmen M. Cáceres.
Posadas, julio de 2020
De lejos, la ciudad es muda. Su voz —compuesta por los altibajos de las sirenas, el taladro de la obra, la impaciencia del anuncio— habla todas las lenguas del imperio, pero no alcanza nunca la expresión porque la distancia la reduce a un murmullo. Curiosamente, lo mismo sucede en el fragmento. Si prestamos atención, la voz de la ciudad tampoco se escucha en el recorte de la azotea, en la sala de la biblioteca o en la cúspide del rascacielos. No se escucha, pero se intuye. Y es en esa latencia donde la ciudad imaginada —el ciego orgullo de los neoyorquinos— pierde su aura monumental, deja de ser un concepto y pasa a ser el soporte material del ciudadano, se vuelve humana.
El escritor polaco Witold Gombrowicz dijo una vez que un tronco pintado es un tronco que ha pasado a través de un hombre. En estos Fragmentos de Nueva York, la metrópoli sigue siendo igual de bella e icónica que en las postales, pero ahora es también asimilable. Para conseguirlo, Alberto Pina ha renunciado a las personas. Las ha sacado del cuadro para que nuestros oídos puedan percibir lo que se adivina dentro, debajo y detrás del skyline. La amabilidad de estas imágenes me recuerda que la ciudad vertical no sólo fue levantada por mujeres y hombres, sino para mujeres y hombres — algo fácil de olvidar en Nueva York, ombligo neoliberal al que miles de personas llegan con la inocente ilusión de ser libres para elegir qué producir y qué consumir. “Las aceras de Nueva York están llenas de gente que quiere escapar de la pena de cárcel que es la historia personal y busca la promesa de un destino sin definir”, dice Vivian Gornick, escritora que ha convertido a Nueva York en el personaje más constante de su obra. “A veces, cuando me siento sociable, me imagino la vida en Nueva York toda de una pieza… y la crudeza de la ciudad se me antoja atractiva. Pero hay otros momentos, cuando todos mis amigos tienen cosas que hacer, que me quedo mirando por la ventana y pienso: anda que eres tonta, idealizar la vida en la ciudad de esa manera”. Son los amigos lo que hacen que la gran ciudad sea habitable. Instauran el espacio hueco en el que somos capaces de asumir —cordial y críticamente— nuestros propios fragmentos. Frente a los amigos —y con ellos— asimilamos la narrativa de lo que somos, porque son testigos de nuestra multiplicidad.
Alberto Pina es mi amigo. En agosto de 2019 pasó diez días en la que entonces era nuestra casa en Harlem y cada noche, cuando regresaba harto de la humedad y el ruido, se sentaba junto a la lámpara del salón a repasar las fotos y los bocetos que había dibujado en su libretita negra. Recuerdo que me sorprendió su fascinación por los cuadros de Jacob Lawrence, tan expresivos y con paletas fuertes, tan diferentes a sus cuadros. Yo llevaba apenas un mes en Nueva York. Cada vez que Alberto me contaba de algún artista o pieza que le había llamado la atención en un museo, yo intentaba retener el dato no sólo porque para mí todo era nuevo, sino porque quería ser capaz de ver lo que él miraba. En esos momentos, Alberto era un pintor español que sabía asistir al mundo, y yo una escritora argentina que sabía vivirlo. Claro que también éramos otros. Éramos una madre y un padrino. Una traductora y un profesor. Dos tirados dispuestos a caminar doce cuadras para comer algo decente por menos de cincuenta dólares. Antisistemas adictos al Goodwill, por momentos huraños, siempre dispuestos a debatir armados con la fregona o el tenedor. Una de aquellas noches vi por primera vez a Alberto tomar tres copas de whisky solo. Una de aquellas noches Alberto me vio llorar por la guardería del niño.
De esos momentos se compone la amistad en la gran ciudad, escenas en las que la luz blanca no siempre es cálida y las diferencias no siempre se escuchan, pero se intuyen. El pacto de amistad se funda en un sobreentendido que delimita las fronteras de sinceridad y discreción que cada parte es capaz de asumir. Derrida lo ha dicho muy bien: la amistad no guarda silencio, pero está protegida por uno. Esta versión de Nueva York, estos fragmentos de espacio que han pasado a través de un hombre, nos recuerdan algo fundamental de la experiencia en cualquier ciudad: que no necesitamos ver a las personas para poder oírlas.
Carmen M. Cáceres.
Posadas, julio de 2020